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Nuevas longevidades, ¿los mismos paradigmas jubilatorios?

La señora Marja Lehtinen vive en las afueras de la ciudad de Helsinki, la capital de Finlandia, donde por 42 años trabajó como funcionaria del Estado. Hoy, a tres años de haberse jubilado, disfruta de sus nietos, de las reuniones con sus amigas y de preparar su hogar para las fiestas navideñas que se aproximan junto a su marido, también retirado como maestro de escuela primaria. Sus pensiones y el entorno social en el que viven hacen que para esta pareja el retiro se haya convertido en un retiro de horarios administrativos fijos, pero no de una vida activa.

Ella recibe algo así como 1300 euros de pago mensual y su marido algo más, ya que, además de maestro, una profesión muy jerarquizada en ese país, supo ejercer como concejal de su municipio durante varios años. Esto último lo benefició en una pequeña paga extra, ya que son muy pocos los funcionarios municipales que se dedican y viven a tiempo completo de esa función.

Vivir en la era de la globalización tiene sus ventajas y sus desventajas. Por un lado, nos permite vivir en tiempo real lo que sucede alrededor del planeta. Por otro lado, nos puede llevar a errores basados en la facilidad de extrapolar situaciones por el hecho de vivir globalizados. Pensar que la situación privilegiada de la pareja Lehtinen de Finlandia podría asemejarse a la situación de los retirados de nuestra región aún suena utópico. Ya lo dice el refrán, no se pueden comparar peras con manzanas.

La aproximación a las políticas de retiro no es algo nuevo en la agenda internacional. Hoy los países más desarrollados que se agrupan en la OCDE, grupo al que Argentina está cercano a integrarse, ya lo han discutido o lo están haciendo. Meses atrás, en nuestro país hubo revuelo cuando se mencionó la posibilidad de modificar la edad de retiro. Por si fuera poco, hace unos días el titular de la Administración Nacional de la Seguridad Social (Anses), el señor Basavilbaso, en referencia a la reforma jubilatoria, sugirió que las jubilaciones que se pagan en nuestro país no sólo eran de las más altas del mundo, sino que, además, las comparó con las de Finlandia, país que se cuenta entre los más avanzados en políticas sociales y donde la política previsional no es la excepción. Justamente el país de los Lehtinen.

Aquí dos puntos de análisis al menos se imponen. Hagamos algo de historia. Los esquemas de retiro tal como los conocemos responden al modelo Bismarck de la Alemania de principios del siglo pasado, donde apenas el 1% de la población germana llegaba a disfrutar de ese beneficio. En ese tiempo, la expectativa de vida en ese país sólo llegaba a los 45 años, y al derecho y beneficio de la jubilación se llegaba después de los 60. En esos tiempos el curso de vida de una persona consistía básicamente en tres etapas: una infancia de educación, una larga etapa de trabajo y una tercera de jubilación para quienes llegaban, pero que a poco se fue prolongando con el devenir del desarrollo. Apenas existían dos transiciones. De la escuela al trabajo, del trabajo al retiro. Ese fue el paradigma de vida que rigió el siglo pasado.

El segundo punto a considerar es que en la actualidad una nueva etapa de vida está emergiendo entre la edad de retiro convencional y el comienzo de la vejez propiamente dicha. Una nueva longevidad donde se vive con otra actitud, otra dinámica y otras expectativas. Pero además y por si fuera poco, las etapas de vida han dejado de ser rígidas y la idea de flexibilidad y tiempo de transformación personal así lo impone.

Hoy vivimos muchas transiciones a lo largo del curso de vida. Esta redefinición está vigente y nos afectará a todos. Es el nuevo paradigma del siglo XIX y en ello va a redefinir el concepto de jubilación, su edad y lo que podremos o no recibir del Estado, y sobre todo, cómo viviremos esta nueva etapa. Digámoslo de esta forma: no se puede pensar una forma de vivir nueva, en este caso, la nueva longevidad, con un paradigma del siglo pasado. Parecería ser que no todos lo saben.

El sistema de protección social argentino es, en perspectiva, de los más generosos. Nuestro sistema cubre al 97% de las personas mayores con derecho a una pensión. Ahora, suponer que algo más de seis mil pesos de la pensión mínima argentina equivalen a los más de 16 mil pesos equivalentes de la pensión mínima finlandesa en el contexto situacional de ambos países no parece algo acertado. Sin embargo, los argentinos, como los finlandeses del siglo XXI, tienen algo en común, además de su amor por el tango. Ambos son protagonistas del nuevo paradigma que implica la nueva longevidad, donde las etapas vitales cobran flexibilidad y alteran su orden; y donde el Estado, muy probablemente, no podrá garantizar el nivel de protección social actual.

Hoy los más avezados de los europeos, con larga tradición en planes de retiro, hablan de un básico aporte del Estado, otro aporte de reservas personales que pudieron haberse conformado a lo largo de la vida laboral. A esto sería ideal sumarle el ingreso producto de la re-creación personal por fuera de la edad de retiro que nos impone el Estado. De eso hoy se habla en Europa, la región donde viven los Lehtinen mientras preparan el ritual de la Navidad para sus nietos, protagonistas del siglo XXI. Un siglo que requiere de nuevos paradigmas, a pesar de que en estas latitudes se siga buscando comparar realidades diferentes aunque tengan un mismo amor por el tango, como es el caso de Finlandia y Argentina.

El autor es médico de familia, doctor en Medicina (Universidad de Salamanca, España).

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