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Pupitres: símbolo de una educación pensada en el siglo XIX para el siglo XX

En una ocasión un profesor amigo me contó algo que le sucedió en el aula de su colegio: estaba explicando un tema y llamó la atención a una alumna que se encontraba sentada de espaldas al profesor, en silencio. Le pidió que se diera vuelta mirando al frente y la alumna, la mejor de la clase, respondió muy respetuosamente que, si se daba vuelta, le estaría dando la espalda a su compañera.

Esta anécdota podría ser juzgada desde diferentes puntos de vista, y muchos coincidirán en que la respuesta de la alumna al menos estuvo fuera de lugar. Pero sólo sería una opinión, válida como la de quienes opinan lo contrario. Lo cierto es que esta situación nos da la posibilidad de reflexionar sobre cómo suceden las cosas.

Este caso podría utilizarse como disparador para rediscutir la configuración clásica de un aula escolar, y en particular sobre el uso del pupitre, con todo lo que ello conlleva. Desde la universalización de la educación primaria en nuestro país, a partir de la ley de educación común 1420 sancionada en el año 1884, los estudiantes argentinos nos sentamos en pupitres que varían de forma, tamaño y estilo, pero que se ordenan uno al lado del otro, individualmente, hacia una misma dirección: el docente como fuente del saber.

Hace tiempo que sabemos que la escuela no debe enseñar solamente contenidos académicos; las habilidades blandas son fundamentales para el desempeño de las personas en su vida cotidiana, ya sea en el ámbito de estudio y aprendizaje como en el trabajo y en la misma calle. La comunicación y el relacionamiento, el desempeño en equipo, etcétera son habilidades que se requieren constantemente, no como un útil escolar que debe sacarse de la cartuchera al momento de pegar una fotocopia o trazar una línea.

Hoy las empresas demandan cada vez más la exigencia de trabajo en conjunto y, gracias a un cambio de paradigma político inaugurado en el 2015, esto se vive también en el ejercicio del gobierno estatal.

No podemos tomar grandes decisiones a solas, necesitamos de un trabajo compartido que incluya diversidad de miradas. Del mismo modo, en la sociedad del conocimiento en la cual vivimos, donde sobreabunda la información, resulta llamativo que se considere que el alumno debe enfrentarse él solo ante la información y el aprendizaje sentado individualmente en un pupitre con sus materiales. ¿Y el aprendizaje colaborativo? ¿Y el trabajo en equipo? Es curioso que en pleno siglo XXI sigamos considerando que, a menos que el docente lo disponga como una estrategia didáctica, el trabajo en equipo no debe ser la generalidad.

Si hablamos de educación, a menos que pensemos en la familia, la primera referencia que tenemos es la de la escuela, y en general la tradicional. Muchos creen que la escuela existió desde siempre y que en sí misma es un dogma de la educación; pero esto no es así. La escuela como la conocemos, que poco cambió a lo largo de tantas décadas, con suerte llega a un par de siglos y desde luego a mucho menos en nuestro país. Sin embargo, poco y nada nos animamos a repensarla. Educación no es sinónimo de escuela, y sin embargo se insiste más en adaptar a los alumnos a ella que al revés, aunque esta no tiene sentido sin ellos.

La escuela es necesaria porque está demostrada su efectividad. En la Ciudad de Buenos Aires ya avanzamos en la construcción de nuevos paradigmas: la "secundaria del futuro" busca romper la lógica atomizada de las asignaturas, preparar a los estudiantes para el mundo del trabajo con prácticas reales para su desarrollo personal, social, laboral, etcétera. En definitiva, preparar a los estudiantes para que sean ciudadanos del siglo XXI, talentosos, creativos, críticos, cooperativos, emprendedores, alfabetizados digitalmente y con capacidad de adaptación. Si sólo concebimos que la escuela debe hacerse cargo de la educación como si esta fuera una entelequia, estaríamos siendo ingenuos, porque hoy todos los ámbitos educan, bien o mal. La escuela tiene que entusiasmar a su comunidad, no sólo ser percibida como un derecho o una obligación; es ambas, pero tiene que ilusionar, apasionar.

El pupitre simboliza hoy el individualismo del aprendizaje, individualismo que tiene fecha de vencimiento en el mundo laboral. Actualmente se trabaja en equipo porque se discute, se aprende, se consensua, se investiga y hasta se yerra en equipo. Si el aprendizaje no es colaborativo, se atomiza el trabajo, ya sea en el aula como en la oficina o en la fábrica, o en cualquier ambiente. El pupitre se parece al espacio ocupado por el operario en la línea de producción fordista, donde cada uno sabía solamente qué parte le correspondía hacer.

Vuelvo al ejemplo protagonizado por mi amigo: ella no fue irrespetuosa ni mucho menos. Simplemente quería aprender mirando a la cara a todos, no sólo ponerse de frente al pizarrón. No quería escuchar simplemente al docente, quería aprender también desde los gestos de sus compañeros, cruzando miradas de opinión, sugerencias, etcétera. Quería sentirse parte de un grupo, de un equipo y aprender de otros, con otros. En definitiva, como debe ser el aprendizaje en el siglo XXI.

El autor es legislador. Presidente de la Comisión de Políticas de Promoción e Integración Social.